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Don Bosco y su mascota

El perro “Gris”

En los anales de la cristiandad hay una figura inolvidable y grandiosa. Su nombre: Don Bosco. Este santo italiano, alma infatigable en su amor por la juventud, pasó más allá de la realidad religiosa y mística.

Como alguna vez escribió Hugo Wast la vida de Don Bosco, en pleno siglo XIX y a vista de mil testigos, tiene aventuras increíbles, dignas de leyenda dorada. Toda su vida esta jalonada de hechos que rompen y destrozan la realidad. Lo supranatural, lo ultra natural, lo inverosímil, fue lo común en este hombre tan sencillo como un campesino o un gorrión.

Como escribe Juan Norberto Comete en un solo libro Antología de lo Fantástico: “Nada hay tan desconcertante como la vida de aquellos que han orientado hasta el último átomo de su cuerpo y espíritu hacia la divinidad. Aquí es donde el bien absoluto, como fin alcanzado, se manifiesta en el mundo físico por las vías de lo fantástico iluminando la realidad como expresión de una incontenible grandeza”.

Don Bosco fue un hombre que manifestó marcadas veces fenómenos paranormales y parapsicólogos, debido a su colocación en un plano de existencia en contacto pleno con Dios. Tal vez debido a ello, al encontrarse entre dos planos de vivencia (uno seria el plano normal y tridimensional en el que nos movemos ósea nuestro mundo, la tierra; otro seria un plano paralelo de cuatro dimensiones que va mas allá de los que los hombres pueden apenas vislumbrar con la imaginación) haya sido provocador y receptor de fenómenos de mundos paralelos que rozan la misma esencia de lo divino.

Desde muy chico me impresiono verdaderamente la historia del perro Gris que me era contada a mí y a mis compañeros por un sacerdote que era profesor de Religión y que pedagógicamente mezclaba la enseñanza con la aventura, el misterio y la ficción. Pero el perro Gris no es ninguna ficción, sino existió verdaderamente. El “Gris” fue un perro pastor, si se lo puede clasificar dentro de todas de las razas caninas de la tierra, de gran imponencia y envergadura, que se le apareció de repente a Don Bosco una tarde de 1854. Nunca se supo de donde venia, de que recóndito y luminoso rincón del Universo era originario. Tampoco se supo donde y quien lo alimentaba o donde se escondía cuando desaparecía. Durante los dos años en que rondo el Oratorio, en que residía el fundador de los colegios salesianos, nadie pudo averiguar la incógnita del perro Gris.

El propio San Juan Bosco nos ha dejado su asombrado testimonio de amistad con el sobrenatural perrazo: “El perro Gris fue tema de muchas conversaciones y de varias hipótesis. No pocos de vosotros lo habéis visto y aun acariciado. Dejando aparte las historietas curiosas que se refieren de este perro, voy a exponer aquí lo que es pura verdad. Los frecuentes atentados de que fui victima me convencieron de que no debía andar solo, ni de ida ni de vuelta de la ciudad de Turín. En aquel tiempo el manicomio era el último edificio en dirección al Oratorio. Lo restante era terreno baldío, de bosques y acacias. Una noche oscura, tarde ya, volví yo solo a casa, con algún recelo, cuando me veo al lado de un perrazo, que a primera vista me asusto; pero como no mostrase intensiones hostiles, y mas bien me hiciera cariño, cual si fuera su dueño, pronto nos hicimos amigos y me acompaño hasta el Oratorio, lo mismo que esa tarde ocurrió muchas veces mas; así que puedo afirmar que el Gris me ha prestado importantes servicios. He aquí algunos.

“A fines de noviembre del 54, una tarde lluviosa, viniendo de la ciudad, para no hacer mucho camino solo, tome la calle que va de la Consolata al Cotolengo. En un sitio observo dos hombres, que marchan delante de mí, acelerando o disminuyendo el paso conforme andaba yo. Para evitar el encuentro quise cambiar de vereda, y ellos rápidamente hicieron lo mismo. Quise volverme pero no me dieron lugar: echaronse atrás, y en el mayor silencio me arrojaron un manto en la cara. En vano intente evitar que me envolvieran; uno me ciño la boca con un pañuelo, con lo cual me impidió que gritase. En ese mismo momento, de la nada, aparece el gris, y gruñendo como un oso, planta las zarpas en el rostro de uno y el hocico en el otro, de tal manera que tienen que atender al perro antes que a mí.

“_ ¡llame a su perro! - me gritan despavoridos.

“_ Si.

“_Si que lo llamare, mas dejadme libre.

“_ ¡Pronto, llámelo!

“El Gris continuaba rugiendo como un oso o como un lobo rabioso. Los otros huyeron, y el Gris se me puso al lado y me acompaño hasta el hospital. Vuelto en mí del espanto, después de reconfortarme con una bebida que la caridad de aquella casa tiene a mano siempre, con buena escolta me fui a casa.

“Todas las noches, cuando nadie me acompañaba, al llegar a los terrenos baldíos se veía apuntar al gris por alguna parte.

“Muchas veces lo vieron los jóvenes del Oratorio, y una sirviónos de diversión, porque se metió en el patio y alguno lo quiso echar y otro pegarle.

“_No lo espantéis _grito José Buzetti_. ¡Es el perro de Don Bosco!

“Todos entonces disputaronse sus caricias y me lo trajeron. Estaba yo en el comedor con algunos clérigos y con mi madre que se aterrorizaron viéndolo entrar. _No temáis _les dije: es mi Gris. Dejadlo que llegue.

“En efecto; dando una larga vuelta alrededor de la mesa, llego a mi yo lo acaricie y le ofrecí pan, sopa, carne y nada probó; ni olerlo quiso.

“_ ¿Que quieres, pues?

“No hizo mas que menear la cola y sacudir las orejas.

“_Come o bebe o estate quieto _le grite-

“Apoyó el hocico en mi servilleta, cual si quiera hablarme o darme las buenas noches; luego, con maravilla de todos se fue. Recuerdo que ese día había venido tarde, y que un amigo me trajo en coche.

“La ultima vez que vi al Gris fue en 1864. Iba de Murialdo a Concurro, a casa de mi amigo Luís Moglia. El párroco de Buttigliera me acompaño un trecho, pero la noche me sorprendió a mitad de camino. “Oh, Si tuviese a mi Gris, dije en mis adentros, que oportuno seria”. Tome por un prado para aprovechar las ultimas luces del crepúsculo y he aquí al Gris, me acompañaba hasta el final de tres kilómetros. Llegado adonde Molgia, me introduce por un sitio, una puerta, apartado, para que mi Gris no se peleara con los dos grandes perro de la casa. Hablamos un buen rato de el y fuimos luego a cenar, dejándolo en un rincón de la sala. Al levantarnos de la mesa, dice mi amigo: “Hay que dar de comer al Gris”, y le lleva pan al rincón. Más nadie lo encontró. Todos quedaron sorprendidos, porque no se había abierto ni puerta, ni ventana ni los otros perros lo vieron salir o lo sintieron...Esta es la ultima noticia que tuve del Gris, tema de tantas investigaciones y discusiones. Y nunca me fue posible saber quien fuera su dueño. Solo se que aquel animal fue para mi una verdadera providencia en los muchos peligros en que me he encontrado” (1866).

Con un estilo latiente de verdad hemos escuchados el testimonio de Don Bosco, un estilo en que se delata su ingenuidad y la veracidad del “Gris”. El “Gris” se desvaneció tan arcanamente como apareció. La habitación en la que estaba el santo y su amigo estaban completamente cerrada y en el remoto caso de que se hubieran escapado los perros de la casa hubiera, a lo sumo ladrado.



   

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