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Cristo del zapato

Gonzalo de la Sen

Igual que en Toledo tienen la leyenda del Cristo de la Vega, en nuestro Madrid existe una parecida igualmente referente a un Cristo, cuya venerada imagen existió en la Basílica de Atocha, y que debió perecer en la época de la ocupación Napoleónica.

El Cristo primeramente conocido como el “Cristo de Luca”, por ser de copia del de tal población italiana, fue luego conocido como “Cristo del Zapato” por los sucesos a que se refiere la leyenda, cuyo trasunto es el siguiente:

Parece ser que hace muchos años un embajador italiano, cuyos negocios en la Corte no acaban de sustanciarse, la burocracia es la burocracia, acudió en orante suplica ante la imagen de Nuestra Señora de Atocha, rogándole se resolviesen sus asuntos en la Corte prontamente y pudiese volver a su país, y oyéndole intercedió por él de tal manera que en pocos días hallabanse concluidos y arreglados todos sus negocios y quedó libre para volver a su país. En agradecimiento prometió a la Virgen que la haría el mejor regalo que pudiera, y como era cumplidor de la palabra dada, llegado que fue a la ciudad de donde procedía, que era la de Lucca, hizo copiar exactamente el celebre crucifijo que se veneraba en aquella ciudad, conocido como la Santa Faz de Lucca, que es un crucifijo de madera situado en la Catedral de San Martín, en una capilla construida por Matteo Civitali en 1484, y que según la leyenda fue esculpido por Nicodemo aquél que, junto a José de Arimatea, deposito a Cristo en el sepulcro.

Bueno el caso es que realizada la copia del mismo el agradecido embajador la envió a la iglesia de Atocha, tras haber considerado que ningún otro regalo agradaría más a la Virgen que la imagen de su propio hijo.

El Cristo venía espléndidamente vestido, tan opulentamente que hasta zapatos de plata le habían puesto, y si bien en Occidente es rara la iconografía del Cristo vestido, no es extraña a la iconografía de Oriente, de donde debía proceder la talla que se venera en Lucca.

Quedo instalado en la Iglesia de Atocha el Cristo recibido y fue conocido en Madrid, como el “Cristo de Luca” hasta el suceso que ahora referiré.

Ocurrió que un día se presentó en la iglesia un pobre suplicando al Cristo de Luca ayuda dado que su pobreza no le permitía alimentar a su familia, rogando y llorando ante el Cristo para que remediase su necesidad pues no tenían nada que llevarse a la boca y su hambre y la de su familia era mucha, Cristo compadecido de su desdicha con un movimiento de la pierna le ofreció uno de sus zapatos de plata, dudó el buen hombre en coger el zapato, pero como fuera que Cristo seguía ofreciéndole el zapato y era mucha y verdadera su necesidad al fin determino recogerlo, hecho lo cual el Cristo recogió de nuevo su pierna volviendo a colocarla como había estado siempre.

El pobre hombre, dichoso por el regalo recibido, se encamino a un taller de orfebrería con ánimo de vender el zapato para poder remediar su necesidad, y reconocido el zapato por el orfebre como el del Cristo de Luca, puso el hecho en conocimiento de la autoridad, que procedió prestamente a llevar preso al sacrílego ladrón.

Interrogado por el Juez el preso manifestó que no había robado el zapato, que el Cristo de Luca se lo había regalado para remediar su necesidad y que a él ponía por testigo.

Ante tamaña declaración y dada la insistencia del preso el Juez le traslado a la iglesia de Atocha, para que a su presencia y la de los testigos y demás gentes del aparato judicial se hiciese constar si se advertía alguna señal del Cristo de Luca sobre los sucesos que se pretendían aclarar, y así constituidos todos ante la santa imagen procedieron a pedir declaración a la imagen del Crucificado, y como ocurriera en la leyenda toledana el Redentor hablo también para decir que, en efecto, le regaló a aquél hombre uno de sus zapatos para que pudiera alimentar a su familia.

El milagroso suceso corrió de boca en boca y los madrileños acudieron a orar ante la milagrosa imagen, ahora calzada con un solo zapato, que en su momento fue una de las más veneradas de Madrid, y que desde entonces fue conocida como el “Cristo del Zapato”.

Pero como los hombres somos poco agradecidos por naturaleza el suceso con el paso del tiempo fue cayendo en el olvido, y en esto llegaron las tropas napoleónicas y ocuparon Madrid, cometiendo grandes excesos, utilizando iglesias como caballerizas, destrozando y quemando imágenes, y otros parecidos desmanes, sucediendo con el Cristo del Zapato” que fue quemado en una hoguera; los restos del Cristo fueron recogidos por una mujer de la vecindad y posteriormente guardados en una urna que estuvo en la Iglesia de Atocha, urna que ya nadie recuerda y que no se sabe el momento de su desaparición.

En un relato publicado en “El Imparcial”, el 18/11/1923, aparece lo siguiente:

“Aquella sola vez he visto en mi vida la terrorífica urna, al cabo de tantos años, ya cerca de medio siglo, podría dibujarla sin omitir ni un detalle. Grande, sencilla, rematada por copete que era un cáliz soportando un zapato de plata, contenía la cabeza gigantesca, enorme, exangüe, de un Cristo con los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos, angustiosos y suplicantes hasta la desesperanza, como las pupilas de un naufrago sin consuelo.

La trágica cabeza, a cercén, sentada sobre el cuello, tenía al lado una mano degollada, recta, en pie sobre la muñeca.

… lo que se conserva en la urna es lo que pudo recoger del fuego una buena mujer, cuando los soldados de Napoleón quemaron al Cristo, en la orgía que tuvieron en la iglesia, convertida por ellos en cuartel de caballería.

…. Era un Cristo de más de tamaño natural. Lo envío a esta iglesia, en el siglo pasado o antes, un embajador italiano, agradecido a Nuestra Señora de Atocha por ciertos favores recibidos. Para que el regalo fuese completo y digno de la Reina de los cielos, dispuso aquel fervoroso embajador que la imagen fuera copia fiel del Santo Cristo de Lucca, una población de Italia donde se venera el original en uno de sus más celebrados templos. Y la imagen vino a España ricamente vestida, con una túnica preciosa, un estolón de brocado y calzada en sus dos pies con sendos zapatos de plata. Después de haberlo quemado los franceses, una bendita mujer pudo recoger la cabeza, una mano y un pie, y eso es lo que se guarda en la urna, donde hay además una relación de todo eso”.
   

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