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Marcelino Pan y Vino

(Cuento de padres a hijos)
J. M. Sanchez Silva





1
Hace casi cien años, tres franciscanos pidieron permiso al señor alcalde de un
pequeño pueblecito para que les dejase habitar, por caridad, unas antiguas ruinas que
estaban abandonadas a unas dos leguas del pueblo, en terrenos de los cuales era
propietario el municipio. El alcalde, hombre piadoso, accedió a ello por su propia cuenta,
sin consultar para nada con los concejales. Partieron los frailes no sin bendecir a su
bienhechor, y, llegados a las ruinas que ya conocían, se pusieron a cavilar sobre cómo
hacer allí en seguida un refugio para pasar la noche.
El lugar correspondía a una granja desde la cual, en otros tiempos, trataron los
vecinos de aquel pueblo de hacer frente a los franceses, cuando éstos invadieron España
allá por mil ochocientos y pico', o por lo menos desviarlos para evitar la ruina del pueblo.
Entre los frailes había uno joven que era muy dispuesto e ingenioso y en seguida vio por
dónde había que comenzar: estaban por allí las grandes piedras que sirvieran a la
construcción del primitivo edificio, aunque no todas enteras. Había árboles cerca para
hacer madera y corría por no muy lejos un riachuelo que les prometía a los pobrecillos
frailes no morir de la sed. Mas como el día iba muy avanzado, a pesar de que salieran del
pueblo antes del amanecer -venía uno viejo con ellos, de paso muy vacilante-, pensó el
buen fraile en comenzar por el principio, con lo que, buscando unos palos y armando
sobre ellos la vieja manta que traían, arregló entre las piedras un pequeño espacio cubierto
y, encendiendo luego fuego, instaló al viejo y envió al otro por agua al arroyo, mientras él
mismo asaba a la lumbre unas patatas que cierta buena mujer les diera como limosna.
Cumplidos los rezos, hecha la parca cena y venida la noche, diéronse al sueño los tres
frailes y a la mañana siguiente, siempre dirigidos por el bien dispuesto, comenzaron su
trabajo.



Así se inició la reconstrucción de aquel edificio aislado y cincuenta años más tarde,
cuando nosotros entramos en él, ha variado ya mucho. Es una construcción tosca y muy
simple, pero parece segura y a veces ha brindado refugio a caminantes y pastores durante
las tormentas. Tiene una planta baja grande y otra pequeña encima; a las espaldas de la
casa, encerrada en un recinto de piedras, está la huerta, que suministra a los frailes parte
de su alimento. En la planta baja están la pequeña capilla de la Comunidad, las celdas, el
refectorio y la cocina con su despensa; arriba hay otras celdas y una troje grande, donde
suelen guardarse las cosas de mucho bulto y de uso menos frecuente, y a su derecha, al pie
mismo de la vieja y carcomida escalera que allí sube, hay un pequeño desván que recibe
luz del exterior por un estrecho ventanillo.
Ya no son tres los frailes, sino doce. De aquellos tres primeros murieron dos, y uno,
muy viejo y enfermo, es aquel tan dispuesto que conocimos joven y emprendedor. Los
frailes tienen su cementerio al fondo de la huerta y viven para sus rezos y trabajos y son
muy útiles en el contorno porque, como hay entre ellos cuatro o cinco padres, pueden
decir misa los domingos y fiestas en los caseríos y poblados de los alrededores que
carecen de sacerdote; pueden bautizar a los que nacen y casar a los jóvenes y enterrar a los
viejos cuando mueren, y sacar alguna imagen en procesión los días señalados y dar a
todos consejo, confesión y consuelo. Siguen viviendo de limosna y a poco estuvo hace
unos años que no los perdiéramos de vista para siempre, pues el alcalde aquel murió bien
pronto y el nuevo se llegó un día en su burra hasta el conventillo para preguntar a los
frailes con qué derecho estaban allí. Pero como ellos le respondieran con dulzura y gran
humildad diciéndole que si era preciso abandonarían al punto aquella casa por ellos
construida donde no había más que ruinas, y como algunos sin tardanza trataran de
ponerse ya mismo en camino, el alcalde volvióse atrás y les dijo que aún podían quedarse
algún tiempo. Años después también este alcalde murió, y el nuevo, que era nieto de aquel
primero, consolidó lo que su abuelo hiciera y logró que, los concejales aprobasen la cesión
temporal, y por caridad dejó aquel lugar a los frailes. Cada diez años, la Comunidad tenía
la obligación de renovar el permiso y fueron tantos sus beneficios en los pueblos de por
allí cerca que una vez le comunicaron en el Ayuntamiento al padre Superior que habían
decidido regalarles para siempre el terreno y la edificación que habitaban. A lo que el
Superior respondió complacida y firmemente que ése sería el mejor camino para hacerles
abandonar la casa, ya que ellos no podían tener nada de su propiedad y sólo vivían de
limosna.
El trabajo y el amor que los frailes ponían en todo hizo que al cabo del tiempo su
convento pareciese un edificio no solamente sólido, sino incluso bello: con el agua cerca,
los frailecicos se dieron trazas de hacer brotar algunos árboles y plantas y flores y tenían
la huerta bien cuidada y todo por allí muy limpio y ordenado. Para entonces, y estaba a
punto de nacer el siglo en que vivimos, ocurrió que una mañanita, cuando los gallos aún
dormían, oyó el hermano portero una especie de llanto al pie de la puerta, que estaba sólo
entornada. Escuchó mejor y acabó por salir a ver qué era lo que se oía. Allá lejos, por
Oriente, parecía querer clarear el día; pero aún era de noche. Anduvo el hermano unos



pocos pasos, guiado por aquel soniquete, cuando vio algo así como un bulto de ropa que
se movía. Se acercó; de allí salían los ruidillos, que no eran otros que los producidos por
el llanto de un niño recién nacido que alguien había abandonado hacía unas horas.
Recogió el buen hermano a la criatura y se la entró con él al convento. Por no despertar a
los que dormían, y que tanto menester habían de sueño, pues se acostaban fatigados de
caminar y trabajar, entretuvo al chiquitín como pudo, y no ocurriéndosele nada mejor,
empapó un trozo de tela blanca en agua y se la dio a chupar al mamoncillo, con lo cual
éste pareció conformarse al silencio que se le pedía.
Cantó primero el gallo muy lejos y el hermano, con su rorro en los brazos, oyó al
gato deslizarse afuera silenciosamente como acostumbraba hacer a tal hora para cazar aún
dormidos a quién sabe qué pequeños bichejos. Ya iba a ser la de tocar la campana y de dar
cuenta a los padres de su hallazgo. El chiquitín había cerrado sus ojos y, al calorcillo del
áspero hábito del buen hermano, se había dormido. Menos mal que era la primavera y el
frío había cesado hacía algún tiempo; de lo contrario, el pobre pequeño hubiera corrido el
riesgo de morir helado. Al sonido de la campana, pronto comenzó a escucharse actividad
por todas partes. Cuando el hermano presentó el niño al padre Superior, éste no pudo
disimular su sorpresa y con él los demás padres y luego los restantes hermanos, quienes
corrieron todos al lugar donde oían las exclamaciones de asombro. El hermano portero
explicaba y volvía a explicar cómo había ocurrido la cosa y era de ver cómo cada vez los
frailes sonreían y movían sus cabezas con una tierna compasión. El problema era grande,
sin embargo. ¿Qué iban a hacer con el niño los pobres frailes, sin poderlo criar ni apenas
ocuparse de él? El padre Superior dispuso que uno de los que en seguida habría de
ponerse en camino para un pueblo donde tenía que acudir, llevase la criatura y la entregara
a las autoridades. Pero el hermano portero, y alguno de los padres más jóvenes, no ponían
buena cara a tal determinación y fue fray Bernardo el primero que atinó con un obstáculo:
-Padre -díjole al Superior-. ¿Y no debiéramos bautizarlo antes?
Aquella idea tuvo la virtud de detener a todos. Accedió el Superior y determinó que
se retrasara la salida del pequeñín hasta que fuera cristiano por lo menos. Se dirigían a la
pequeña capilla del convento cuando fray Gil detuvo a la comitiva con otra pregunta:
-¿Y qué nombre le pondremos?
Ya varios tenían en los labios el nombre de San Francisco cuando, quizá un poco a la
ligera, el hermano portero se adelantó y dijo:
-¿No le parece a vuestra paternidad que le demos el nombre del santo del día?
Era a fines de abril y correspondía a aquella jornada la fiesta de San Marcelino. Este
fue, pues, el nombre elegido y poco después el nuevo cristiano Marcelino lloraba bajo el
agua del bautismo como antes callara al advertir el rico sabor de la sal. Hízoles gracia a
todos los frailes aquel encuentro y andaban como pesarosos, cuando ya hubieron partido
los que salían más temprano, de tener que desprenderse del niñito que la voluntad de Dios
había dejado a sus puertas. En el huerto, mientras trabajaban dos hermanos, uno se detuvo
de pronto y dijo:
-Yo me encargaría de él si me dejaran.



El otro se echó a reír y le preguntó que cómo pensaba criarle.
-Con la leche de la cabra -repuso el primero prontamente.
No hacía muchos meses, en efecto, que el convento recibiera el regalo de una cabra,
cuya leche se destinaba principalmente al fraile enfermo y viejecito que fundó el
convento.
A todo esto, el padre Superior no había perdido el tiempo y encargó a cada fraile que
allí donde se dirigiera preguntase a quién podría pertenecer el niño y qué es lo que las
autoridades de cada punto podían hacer por él. Trataba el Superior de ceder la criatura en
las mejores condiciones posibles a aquellos que se reconociesen como familiares suyos o
a la autoridad que más garantía ofreciese para su existencia. Con estas y otras cosas se
pasó la mañana y cuando ya el padre Superior había decidido quedarse el niño en casa por
lo menos todo este primer día, hizo, para probar la voluntad de sus frailes, como que
encargaba a uno de llevarlo al pueblo y entonces fueron varios los que humildemente se le
acercaron a rogarle que no lo hiciera así y que lo dejara al menos hasta la mañana
siguiente, ya que por ser muy pasado el mediodía, pudiera enfriarse el pequeñín en el
camino. Gozó mucho el Superior con aquella dulce oposición y accedió a quedarse el
pequeño hasta el nuevo día.
Con la hora del Angelus llegaron los frailes que habían salido temprano y relataron al
padre cuanto les había acontecido y, como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo,
movieron la cabeza con desconfianza cuando fueron interrogados sobre la determinación
de las diferentes autoridades a quienes habían informado del caso. Todas las tales habían
dicho que el pueblo era pobre, que allí no se sabía nada de quién hubiera podido
abandonar la criatura y que para encargarse del niño haría falta proporcionar ayuda
económica a la familia que quisiera hacerlo, si es que alguna quería. Todo ello no dejaba
de ser cierto, pues la comarca no era rica y había padecido recientemente una larga sequía
que tenía arruinada a la mayor parte de las familias. Quedó el padre Superior encargado de
realizar una suprema gestión, bien con el alcalde de su mayor confianza o con algunas
familias muy caritativas que conocía, e incluso habló a los hermanos de escribir a alguno
de los conventos que la Orden tenía en las grandes ciudades lejanas. Con todo ello vieron
los buenos frailes que el chico se quedaba de momento en casa y tuvieron muy buena y
callada alegría aquella noche. Marcelino fue encomendado a la vigilancia del hermano
portero y, llegada la hora, todos menos su guardián se dieron al descanso, no sin haber
hecho varias veces el ensayo de la leche de cabra, algo aligerada con agua, y a cuyo sabor
no puso el pequeño reparo alguno.
Así amaneció el siguiente día y habrían de amanecer muchos más, pues pese a los
deseos formales del padre Superior, no se sabía cómo, siempre ocurría algo que impedía la
salida de Marcelino del convento. Unas veces era que algún fraile traía noticia de que
andaba bien encaminada una gestión para que cierta familia se encargase de la criatura;
otras, que algún vecino de los poblados del contorno, enterado por los frailes de la
existencia del niño, se acercaba hasta el convento y con tal pretexto les hacía merced de
algún alimento para ayudarles en la crianza. Por aquellos días enfermó y murió el



hermano portero, no sin haber suplicado antes a los frailes sus hermanos que se quedasen
con el chico para siempre y lo educasen en el santo temor de Dios e hicieran de él un buen
franciscano. En fin, como habían empezado a pasar los días comenzaron a pasar las
semanas y aun los meses, y Marcelino, cada vez más despierto, alegre y hermoso, seguía
en el convento, criado con la leche de la cabra y unas sabrosas papillas inventadas por el
hermano cocinero. Pasado un año, y aprovechando un viaje, el padre Superior logró
autorización del padre provincial, y Marcelino, por así decirlo, ingresó oficialmente en la
Comunidad: ya nadie podría moverle de allí, a no ser sus padres, si alguna vez aparecían.
Creció, pues, el chico y fue la alegría del convento y a veces también el pesar, porque
aunque era bueno como el pan, no siempre sus acciones lo eran, y sus robos de fruta en la
huerta y sus trastadas en la capilla o en la cocina y sus pequeñas enfermedades dieron
buenos quebraderos de cabeza a los pobres frailes. Sin embargo, todos lo querían como a
hijo y hermano al tiempo y el pequeño también les adoraba a ellos a su manera.











2
Cuando a Marcelino le faltaba muy poco para cumplir cinco años, era ya un chico
robusto y avispado que conocía desde muy lejos casi todas las cosas que se movían y aun
las que se estaban bien quietas. Sabía la vida y costumbre de todos los animales del
campo, y no digamos las de los frailes, con cada uno de los cuales tenía un trato especial y
a veces les daba también nombres diferentes. Así, «el Padre» a secas, era para él el padre
Superior; el anciano enfermo era «fray Malo», y el nuevo portero era «fray Puerta», y fray
Bernardo, aquel que propusiera al padre bautizar al niño, fue desde que Marcelino lo supo
«fray Bautizo». Incluso el hermano cocinero fue llamado «fray Papilla», en recuerdo de
las primeras sopas que el niñito recibiera. Los frailes no podían enfadarse con Marcelino
porque no sólo le querían, como ya hemos dicho, sino que recibían gran contento de las
ocurrencias del chico, que celebraban a veces con buenas risotadas. Especialmente el
padre enfermo gustaba de oírse llamar «fray Malo», pues solía decir en su mucha santidad
que él no sólo estaba, sino que era malo y bien malo y que con su dichosa enfermedad
venía a ser como un Judas en la Compañía de Cristo y sus Apóstoles, ya que los frailes
eran doce y él no producía sino trastornos y trabajos a sus compañeros en vez de
ayudarles. («Fray Malo» era como un santo y todos le reverenciaban, e incluso el mismo
padre Superior le consultaba a veces en los casos difíciles.)
Marcelino, fuera del amor de los frailes a Dios Nuestro Señor y de la obediencia y
humildad ante el Superior del convento, era el rey de la casa, de cuyo recinto y contorno
apenas si había salido alguna vez, y siempre más bien con motivo de las pesquisas que los
buenos frailes no se cansaban de hacer respecto de su nacimiento y abandono. Así,
Marcelino, unas veces con unos frailes y otras con otros, había ido conociendo los pueblos
del contorno, con mucha admiración y divertimiento por su parte, pero sin ningún
resultado para lo que importaba, ya que sus padres no aparecían ni nadie daba señales de
haberlos conocido. Los frailes llegaron al convencimiento de que el niño había sido
abandonado a la puerta de su convento por una mujer o un hombre forasteros, que
viajaban y pasaban por allí y quizá pensaron, al no poder criar al niño, que los buenos
franciscanos lo harían por el amor de Dios. Marcelino, pues, se pasaba gran parte del día
solo, jugando y pensando en sus cosas, cuando no ayudando a los frailes en las
pequeñeces que él podía hacer. Fray Bautizo le había construido una pequeña carretilla, y
éste fue el primero y mayor de los juguetes de Marcelino, con el cual sí que ayudaba a
veces en la huerta, transportando ya un melón -no mucho más cabía en la carretilla-, ya un



montoncito de patatas y hasta varios racimos de uvas. Pero los verdaderos juguetes de
Marcelino eran los animales. La vieja cabra que había sido su nodriza era su favorita y a
veces hasta hablaban, a su modo.
-Se me ha vuelto a escapar el sapo, y eso que lo dejé en un bote con agua tapado con
una piedra.
Y la cabra movía filosóficamente su cabeza, muy cerca de la de Marcelino, como
diciendo que también ella lo sentía y que hay que ver las cosas tan raras que pasan con los
sapos.
Con el tiempo, la pequeña huerta de los frailes había llegado a tener tapia. Allí, a
ciertas horas del día, era de ver cómo disfrutaba Marcelino persiguiendo a las lagartijas o
mirándolas sólo moverse tan graciosamente al sol, con sus vivos colores, sus claras
barrigas y sus ojillos de cabeza de alfiler, tan brillantes y perfectos. No siempre Marcelino
era un buen niño y a veces se divertía en partir en dos a una lagartija y quedarse viendo
cómo su cola, separada del resto del cuerpo, seguía moviéndose aún buen rato. Los
vencejos y otros pájaros también le divertían, y había sido adiestrado por el hermano
sacristán -«fray Talán», porque era el que tocaba la campana de la capilla- en la
construcción de lazos y cepos para toda clase de bichos. Las grandes arañas inofensivas de
aquellos parajes, las moscas mismas, los famosos «caballitos del diablo, las mariposas, los
escarabajos, los saltamontes e incluso los alacranes -a los que sabía quitar muy hábilmente
su arpón venenoso- eran sus víctimas o sus capturas preferidas. Una vez le picó un alacrán
y todavía recordaba los terribles dolores sufridos, a pesar de que fray Puerta le había
chupado con su propia boca el veneno del escorpión en la pantorrilla derecha. Desde
entonces les juró venganza en su interior y, habiendo preguntado un día a un labriego que
se llegó al convento a pedir un azadón que precisaba, supo que en aquella comarca había
muchos alacranes y que, como eran tan dañinos, se les solía condenar a morir al sol, al
cual no pueden ver, pues siempre viven entre las plantas y debajo de las piedras, en sitios
frescos y oscuros. A veces, Marcelino, a escondidas de los frailes, salía a cazar alacranes:
levantaba las piedras y hurgaba con su palo entre las plantas de la tapia y, cuando el
asqueroso animal, como un cangrejo extrañamente rubio, salía, le quitaba de un golpe la
bolsa del veneno y luego, con otro palo afilado, lo pinchaba por la mitad del cuerpo y lo
dejaba así atravesado morir al sol. Una buena reprimenda, acompañada de un nada suave
tirón de orejas, le costó alguna de estas hazañas.
Cuando regresaba de sus cacerías, todo el afán de Marcelino era conservar sus
presas, que guardaba en botes con agua si eran ranas o sapos, o en cajas con agujeros si se
trataba de escarabajos o saltamontes. Con gran sorpresa suya, cada mañana, cuando se
despertaba, aparecían vacías las cajas o los botes: los prisioneros habían huido durante la
noche. Siempre ignoró Marcelino que los buenos frailes, que conocían sus malas
costumbres, daban libertad por la noche a los pobres animalitos de Dios mientras él
dormía.
No siempre, sin embargo, era cruel Marcelino con los animales. Más de una vez
había ayudado al viejo «Mochito», el gato del convento, ya casi medio ciego y a falta de



una oreja que perdió cuando joven en terrible batalla con un gran perro, a cazar ratones.
Era aquél un gato que pudiera llamarse vegetariano, pues apenas si la carne entraba en
aquella santa y pobre casa y él comía de lo que hubiera, ya fuesen judías verdes o patatas
con zanahorias.
-No, hombre, por ahí no -le decía Marcelino a «Mochito» cuando andaban juntos de
cacería.
Bien valiéndose de palos o bien de piedras para tapar los agujeros, Marcelino era una
valiosa ayuda para «Mochito» y cuando el ratón quedaba acorralado, Marcelino se
desesperaba de ver al gato tan entretenido y calmoso jugando con el ratoncillo sin hacerle
otra cosa que cortarle el paso o darle de manotadas sin producirle daño alguno.
-Así les haces sufrir más -decía Marcelino, imitando lo que a él le decían los frailes e
interviniendo con su garrote y dejando muerto al ratón de un estacazo-. Ahí le tienes
ahora.
Pero «Mochito» no era partidario de la violencia ni de los espectáculos sangrientos.
Una vez convencido de que el ratón ya no se movía, volvía sus tristes ojos medio ciegos a
Marcelino como diciéndole:
-¿Por qué lo has roto? ¿No has visto que me estaba divirtiendo con él?
A veces los frailes, observando a Marcelino en sus largas charlas consigo mismo o
con los pequeños animalejos del campo, se decían pasmados uno a otros:
-Parece un pequeño San Francisco.
¡Sí, sí, San Francisco! Marcelino era capaz de llevar a una hormiga demasiado
cargada hasta su destino, pero también lo era de cegar con tierra el hormiguero para ver
cómo las hormigas, desorientadas, rompían su orden de trabajo y corrían alocadamente
como si hubieran perdido el camino y no supieran dónde se encontraban.
En sus juegos, Marcelino siempre contaba con un personaje invisible2. Este
personaje era el primer niño que él había visto en su vida. Ocurrió una vez que una familia
que se trasladaba de un pueblo a otro, fue autorizada por el padre Superior a acampar
cerca del convento para poder suministrarse de agua y otras cosas que necesitaba. Iba con
la familia el menor de sus hijos, que se llamaba Manuel, y allí conoció por primera vez
Marcelino a un semejante suyo de parecida edad. No había vuelto a olvidar a aquel niño
con el que apenas si había cambiado algunas palabras durante el juego. Desde entonces,
Manuel estaba siempre a su lado en la imaginación y era tal la realidad con que Marcelino
le veía, con su flequillo rubio sobre los ojos y las respingadas naricillas nada limpias, que
llegaba a decirle:
-Bueno, Manuel, quítate de ahí. ¿No ves que me estás estorbando?
Alguna vez se había preguntado a sí propio Marcelino por su origen y familia; por su
madre y su padre y aun por sus hermanos, como él sabía que los más de los chicos tenían.
Y también había llegado a preguntárselo a más de dos y tres de sus frailes favoritos, sin
obtener otra respuesta que la de la historia de su hallazgo a las puertas del convento o, si
él insistía mucho y particularmente sobre la existencia de su madre, un gesto que se le
antojaba muy vago, acompañado de estas pocas palabras:



-En el cielo, hijo; en el cielo.
Marcelino comprendía que las personas mayores lo saben y lo pueden todo; pero
como era muy observador, también comprendía que las personas mayores, a veces, se
equivocaban. ¿Por qué no podían equivocarse asimismo en aquello de su madre y del
cielo, al cual había mirado tanto por si la veía? Era un chico muy listo Marcelino y, por
haber estado solo la mayor parte de su vida, sabía observar muy bien y así se aprovechaba
de los descuidos de los frailes, bien para coger sin ser visto alguna golosina de la huerta,
pues otras no había en la pobre Comunidad, o bien para hurtarse de algún trabajo que le
hubiera sido encomendado.
En este paraíso que para Marcelino constituían el convento, la huerta y el campo de
alrededor, sólo había un árbol del Bien y del Mala; sólo una prohibición pesaba sobre el
niño y era la de subir las escaleras de la troje y el desván, muy imperfectas y peligrosas de
subir para un pequeño de tan corta edad. Al principio, los buenos frailes le habían
asustado con las ratas que decían había allí por docenas, grandes y negras, de rabo
largísimo, bigotudas y con unos terribles dientes agudos como alfileres. Pero pronto
Marcelino supo más de las ratas que los mismos frailes, y entonces, para contener su
curiosidad, le dijeron que había escondido un hombre muy alto que sin duda le cogería y
se lo llevaría para siempre si le veía'. Con todo, Marcelino miraba melancólicamente
aquellas escaleras prohibidas y no pasaba día sin que se hiciera propósito de subirlas a la
mañana siguiente, cuando los frailes hubieran salido del convento y sólo el cocinero, el
portero y los hermanos de la huerta estuvieran en casa, cada uno distraído con sus
obligaciones. Por unas cosas o por otras, Marcelino no había llegado a realizar su atrevido
proyecto, sobre todo desde que una vez intentó poner pie en el segundo escalón y se oyó
un chirrido de la madera que le puso los pelos de punta al travieso muchacho.
Pensando, pensando, Marcelino llegó a poder redondear su plan: subiría descalzo;
dejaría las sandalias al pie de la escalera y, con un palo, antes de apoyar los pies en los
escalones, los tantearía para ver por dónde sonaban más y por dónde no. Lo difícil era
subir los quince primeros escalones, pues podía ser visto desde abajo por cualquiera; pero
una vez doblado el recodo que hacía la escalera, estaba salvado y podría continuar su
exploración ya sin tantos cuidados.
Como lo pensó lo hizo. Aprovechó una tarde tranquila en que diferentes atenciones
tenían a los frailes dispersos o ausentes. Sólo quedaba un hermano en la huerta, el fraile
encargado de la cocina, o sea fray Papilla, que también hacía de portero por haber salido
fray Puerta, y el anciano fray Malo tendido en su celda. Marcelino se proveyó de un buen
palo, se descalzó como había pensado, y con las sandalias en una mano y el palo en la
otra, echó despacio y con cuidado escaleras arriba. Apoyaba los pies sólo en aquella parte
de los escalones que suponía que no iba a sonar, por haber apoyado antes el palo. Subía
despacio y el corazón le latía terriblemente: sabía que estaba haciendo algo prohibido y,
sin embargo, no era capaz de bajar y cumplir con lo que tenía ordenado. Cuando logró
doblar el recodo de la escalera, respiró más tranquilo. Allá arriba estaban, a su alcance, la
troje y el desván. Pero en este momento se sintió llamar desde la huerta.



-¡Marcelino, Marcelino!
Era la voz del hermano Gil. Seguro que había encontrado un sapo y le llamaba para
que lo cogiese. Marcelino se había detenido muy asustado; pero en seguida comprendió
que tenía tiempo de subir del todo, echar una ojeada y bajar luego hasta la huerta,
haciendo como que no había oído.
«Vamos, Manuel», se dijo.
Siguió, pues, su ascensión y logró llegar arriba del todo. Abrió con cuidado la puerta
de la troje. Aquello era, como él se había imaginado, un paraíso: había leña seca, había
cajones vacíos, picos, palas y cacharros. Era un sitio espléndido para jugar en el invierno,
cuando hacía frío fuera del convento. Después, con todo cuidado, se dirigió a la puerta del
desván. Miró antes por entre las junturas de las maderas y sólo vio mucha oscuridad.
Empujó la puerta y la madera gimió ásperamente. Marcelino continuó empujando y cuan-
do tuvo abierto un buen hueco, metió por allí la cabeza y observó. El desván era más
pequeño que la troje y tenía un ventanillo pequeñísimo cerrado, por el que apenas si entra-
ba luz. Poco a poco, los ojos de Marcelino se fueron acostumbrando a aquella oscuridad y
pudo distinguir los objetos.
Había algunas sillas rotas, mesas, maderos y otros cachivaches, aunque mejor
ordenados que los de la troje. En la pared de la derecha se veía algo así como una
estantería con libros y legajos llenos de polvo; en la de enfrente estaba el ventanillo y
debajo los muebles hacinados. Cuando Marcelino, girando su cabeza con el cuello casi
aprisionado entre la puerta y el quicio, miró a su izquierda, no reconoció al pronto lo que
había; pero, poco a poco, fue viendo algo así como la figura de un hombre altísimo, medio
desnudo, con los brazos abiertos y la cabeza vuelta hacia él. El hombre parecía mirarle y
Marcelino estuvo a punto de soltar un grito de terror. ¡Luego no le habían engañado los
frailes! ¡Luego había allí un hombre que, a lo mejor, se lo llevaba para siempre!
Marcelino sacó la cabeza de un tirón, no sin arañarse una oreja con la puerta, y cerró de
golpe. Descalzo y sin acordarse del palo, de Manuel ni del ruido que podría hacer, bajó
alocadamente las escaleras. Cuando salió al pasillo y más tarde al campo, se dejó caer
junto a un árbol.
Había pasado un susto horrible. Era verdad; había un hombre espantosos en el
desván. Se puso las sandalias y echó a andar hacia la huerta, temblando todavía.
De todos modos, aquel hombre que había visto era un personaje más en el cual
pensar a todas horas; pero, eso sí, sin poder hablar a nadie de él. Los frailes le castigarían
y él comprendía que esta vez harían bien.












3
Había amanecido nublado y, por fin, estalló la tormenta. Marcelino estaba subido a
un árbol, afanado en coger un nido; pero cuando el cielo se puso negro y sonaron los
primeros truenos, se bajó del árbol y, entre la lluvia, corrió a refugiarse en el convento. No
le gustaban las tormentas a Marcelino, aunque prefería que fuesen de día. De noche le
daban mucho más miedo; los relámpagos iluminaban su pequeño cuarto, donde dormía en
la única cama que había en la casa, puesto que los frailes, por sus penitencias y esas cosas,
dormían en unas tablas sobre el santo suelo. Las grandes tormentas de setiembre
despertaban a Marcelino por la noche y pasaba muy malos ratos con los truenos, los
relámpagos y, sobre todo, con el ruido de la lluvia interminable sobre los tejados. A
Marcelino no le gustaba nada el invierno; por el invierno salía mucho menos al campo y
en el convento se aburría y, lo que es peor, los frailes se dedicaban a enseñarle. Ya
conocía las letras desde el invierno pasado. En éste que venía ahora, el padre Superior le
había dicho que tenía que aprender a leer. La instrucción de Marcelino no era muy buena;
sabía rezar, claro es, y estaba algo instruido en el Catecismo; pero los frailes no habían
querido, por consejo del padre, apretarle mucho.
Mientras veía caer la lluvia desde la puerta del convento, Marcelino pensaba en el
invierno sin ganas de que llegase. ¡Se ponía todo tan triste por el invierno! Los pájaros
desaparecían en su mayoría y los otros bichos se escondían en sus agujeros. A Marcelino
sólo le quedaba entonces «Mochito», pero como era viejo ya no le divertía jugar y a veces
le soltaba un bufido a su amigo. Estos pensamientos llevaron a Marcelino al recuerdo del
hombre del desván.
Habían pasado varios días desde que lo viera por la primera vez. Marcelino pensaba
en que cuando fuera invierno no podría subir, porque los frailes estaban mucho más en
casa que fuera de ella, aunque ellos no tuvieran miedo de las tormentas ni de la lluvia ni
del frío y siguieran saliendo a diario a sus cosas; pero regresaban mucho antes, y la casa
estaba más silenciosa y le podrían oír. Marcelino decidió subir de nuevo a ver al hombre
antes de que llegara el invierno.
Había pensado mucho en él. Tanto, que había llegado a hacer las más diversas
suposiciones. La primera de todas, si aquel hombre saldría alguna vez del desván o si se
estaría siempre, con los brazos abiertos y apoyados contra la pared, como estaba fray
Malo tendido en su lecho desde hacía tantísimos años. ¿Estaría también enfermo el
hombre del desván? Por una parte, el terror que Marcelino había padecido cuando lo vio,



y por otra la conmiseración y la pena que le producía pensar en que el hombre del desván
pudiera estar enfermo, además de desnudo y solitario allá arriba, le aumentaban los deseos
de subir otra vez y mirar mejor. Quizá había tenido tanto miedo porque le dijeron los
frailes que aquel hombre se lo podría llevar para siempre. Pero si hubiese querido
llevárselo, no hubiera tenido que esperar tanto tiempo, pensaba Marcelino. ¡Tantas veces
había estado él casi solo en el convento, por la huerta y por el campo! Con un hombre no
hubiese podido luchar y se habría visto precisado a dejarse llevar quieras o no.
Cuando la lluvia cesó y la tormenta se hubo alejado mucho, Marcelino ya estaba
decidido. Tenía su plan y en este plan intervenía también Manuel, el amigo invisible, y
«Mochito», que cerraba sus ojos medio ciegos muy cerca del fogón de la cocina.
-Mira, Manuel: tenemos que subir. Yo hago lo mismo que la otra vez: llevo mi palo
y mis sandalias en la mano. Cuando llegue a la puerta, la abro un poco y me quedo mucho
rato mirando, para ver si el hombre se mueve. Si se mueve, salimos corriendo. Si no, con
mi palo abro el ventanillo y lo miramos. Mientras yo hago todo esto, tú vigilas la escalera,
¿eh? No vayan a venir los padres y nos cojan.
Marcelino esperó el momento propicio. Cada vez que pensaba en ello se le hacía
difícil respirar. Poco a poco se fue acostumbrando y todo su afán era sorprender las
conversaciones de los frailes, para calcular mejor el día en que habría de correr su segunda
aventura.
Por fin el día llegó. Las tormentas no habían vuelto y los frailes, como siempre por el
otoño, estaban muy ocupados en prevenir hasta donde fuera posible la llegada del invierno
y hacían un gran esfuerzo, cuando el padre Superior daba la orden, para arreglar la casa y
reunir todas las limosnas que pudieran. El invierno era largo y los caminos, en el peor
tiempo, se ponían imposibles. Había años en que los frailes estaban encerrados
forzosamente en el convento durante un mes y más aún por la nieve y el viento, por el frío
grandísimo y todo ello, por supuesto, sin recibir una sola visita ni una sola limosna. Había
llegado, pues, el tiempo de operaciones contra el invierno próximo. La actividad exterior
de los frailes aumentó y ahora venían unos días propicios para los deseos de Marcelino. Si
se descuidaba, en seguida los frailes comenzarían a reparar el convento, las goteras y los
tejados, las ventanas y todas aquellas rendijas que podían dejar paso al frío.
Una tarde ya algo fresca y sin sol, Marcelino aprovechó la ausencia de la mayoría de
los padres. Como de costumbre, quedaban en la casa, además de fray Malo, el hermano
Gil en la huerta y fray Papilla en la cocina con el encargo de vigilar la portería. Marcelino
ya tenía preparado un largo palo, que le serviría para tantear los escalones y, si llegaba el
caso, para poder abrir la madera del ventanillo del desván. Sigilosamente, aunque siempre
hablando con su amigo Manuel, subió las escaleras. Al cuarto o quinto escalón, sus pies
descalzos arrancaron de la madera un sonido chirriante que le asustó mucho, pues iba con
el corazón saltándole de miedo en el pecho.
-Manuel, ten cuidado -dijo a su invisible amigo. Y siguió hacia arriba.
Esta vez no se entretuvo mirando la troje, sino que se fue derechamente hacia el
desván. Empujó con precaución la puerta, porque ya sabía que sonaba mucho al abrirse, y



estuvo escuchando a ver si se oía algo, aunque sólo fuese la respiración del hombre que
allí dentro estaba. Pero no: guardando tanto silencio, sólo podía oír Marcelino los latidos
de su corazón, que marchaba cada vez más de prisa. Abrió un poco más la rendija y, como
la otra vez, introdujo la cabeza y miró y escuchó hasta los menores ruidillos de la madera,
esos que hace un pequeño bicho que la madera tiene dentro y que se llama carcoma. Por
fin, pudo distinguir al gran hombre: estaba igual que la otra vez y no se le oía respirar.
Parecía que el hombre miraba a Marcelino, pero éste no podía verle los ojos por la
oscuridad que allí había. Para ver si hacía algo, Marcelino metió su palo por la rendija y lo
dirigió hacia él con mucho miedo, pero con el deseo de saber qué ocurriría. El palo golpeó
a los pies del mismo hombre y no pasó nada. Seguramente aquel hombre estaba enfermo o
quizá muerto. Marcelino se decidió a entrar, pero no sin antes volver la cabeza hacia la
escalera y decir en voz muy baja:
-No dejes de avisarme, Manuel, si viene algún fraile.
Y no pudo por menos de temblar pensando en si fray Papilla o el hermano Gil o
quizá fray Talán, que siempre era el primero en regresar a pesar de tener las piernas más
cortas de todo el convento, le sorprendían allí. Pero a quien más temía era al padre
Superior, aunque también era a quien quería más. Pensando todo esto, pudo, por fin, pasar
una pierna por la rendija y luego el cuerpo y al final la otra pierna. Estaba dentro del
desván. Avanzó un poco y, al tropezar seguramente con algo que no había visto, sonó un
ruido que a Marcelino le pareció tan grande como un trueno. Se quedó sin respirar y
encogido como un escarabajo. Le latía terriblemente el corazón. ¡Mira que si se desperta-
ba ahora el hombre con aquel ruido y le cogía y se lo llevaba para siempre! Y él, que ni
siquiera había cumplido todavía los seis años, ¿qué hubiera podido hacer? A Marcelino le
castañeteaban los dientes de miedo, pero, pasado un cierto tiempo, pudo observar que allí
no pasaba nada: ni subían los frailes, ni se despertaba el hombre ni nada se movía.
Envalentonado y arrastrando los pies por no hacer otro ruido como el de antes, Marcelino
se fue acercando, palo en ristre, hasta el pie del ventanuco, y por las rendijas que dejaban
entrar un poco de luz vio cómo tendría que arreglarse para abrir la madera. Le costó
bastante trabajo porque debía hacer mucho tiempo que aquello no se abriera. De pronto
oyó un ruido familiar y se rió para sí: una rata acababa de asustarse y correr a su
escondite. Por fin, logró abrir un poco la madera del ventanillo y miró en seguida hacia
donde estaba el hombre.
Marcelino no había visto jamás un crucifijo tan grande ni de bulto, con un Jesucristo
del tamaño de un hombre de veras clavado a la cruz, tan alta como un árbol. Se acercó al
pie de la cruz, y mirando con fijeza la cara del Señor, la sangre que le goteaba de la frente
por las heridas de la corona de espinas, las manos y los pies clavados al madero y la gran
llaga del costado, sintió llenársele los ojos de lágrimas. Jesús tenía los suyos abiertos,
aunque con la cabeza algo inclinada sobre su brazo derecho no podía ver a Marcelino. El
niño fue dando la vuelta hasta ponerse debajo de su mirada. Jesús estaba muy flaco y la
barba le caía a borbotones sobre el pecho; tenía las mejillas hundidas y su mirada producía
a Marcelino una grandísima compasión. Marcelino había visto muchas veces a Jesús,



aunque siempre pintado en el cuadro que había en el altar de la capilla, o en los crucifijos
pequeños, como de juguete, que llevaban los frailes. Pero nunca le había visto «de
verdad» como ahora, con todo el cuerpo desnudo y de bulto, que él podía rodear con sus
manos y había aire por detrás. Entonces, tocándole las piernas delgadas y duras,
Marcelino levantó sus ojos hacia el Señor y le dijo sin reparos:
-Tienes cara de hambre.
El Señor no se movió ni le dijo nada. Marcelino tuvo una idea repentina y,
empinándose mucho hacia Jesús para que le oyera, le dijo de nuevo:
-Espera, que ahora vengo.
Se dirigió hacia la puerta y salió a la escalera. Iba tan impresionado por el aspecto
del Señor, que no se preocupó de meter ruido. Mientras bajaba, pensó cómo podría enga-
ñar a fray Papilla. Y, en vez de dirigirse derechamente a la cocina, lo hizo hacia la ventana
posterior, que daba a la huerta, y desde allí, después de observar que el hermano Gil
estaba muy lejos, inclinado sobre la tierra y trabajando, gritó:
-¡Fray Papilla, fray Papilla, salga, que hay aquí un bicho grandísimo!
Apenas dicho esto, Marcelino corrió a esconderse junto al gran cajón de la leña, que
estaba muy cerca de la puerta de la cocina. Poco tardó en ver salir a fray Papilla, murmu-
rando algo entre dientes. Entonces, rápido como el rayo, Marcelino entró en la cocina,
cogió lo primero que vio de comer y subió corriendo escaleras arriba. Al llegar al desván
se coló como una exhalación y, acercándose al gran Cristo, extendió su brazo hacia El
ofreciéndole lo que traía.
-Es pan solo, ¿sabes? -le decía, estirando su mano cuanto podía-. No he podido
encontrar más por la prisa.
Entonces, el Señor bajó un brazo y cogió el pan. Y allí mismo, según estaba clavado,
comenzó a comerlo. Marcelino recogió su palo y sus sandalias, empujó algo la madera del
ventanillo y salió con cuidado, diciéndole al Señor en voz baja:
-Es que me tengo que ir porque he engañado a fray Papilla. Pero mañana te traeré
más.
Y, cerrando la puerta, echó escalera abajo en busca del fraile. Marcelino estaba
contento. Seguramente, ya tenía un amigo más que añadir a «Mochito», a la cabra y, ¡ay!,
a la sombra de Manuel.












4
En seguida llegaron unos días difíciles para que Marcelino pudiese visitar otra vez a
su nuevo amigo: Con la novena de San Francisco se acercaba la fiesta grande del
convento y los frailes se recogían antes y aun menudeaban los sacrificios y la mala
comida, pues todos ellos estaban terriblemente ocupados en sus devociones. Para
Marcelino, San Francisco de Asís era también un buen amigo, del cual conocía, por boca
de los frailes, muchas más cosas que la mayoría de los hombres ya grandes de las
ciudades. (En lo único en que Marcelino dejaba de estar conforme con la vida del Santo
era en aquello de haber vendido su caballo'. ¡Con lo hermoso que es un caballo grande
como los que a veces ataban a las puertas del convento los guardias civiles que vigilaban
la comarca!) El propio Marcelino tenía obligación de asistir día por día a esta novena y se
pasaba el rato mirando al gran cuadro que del Santo tenían los frailes en el altar, más
iluminado por estas fechas que los días corrientes.
La tormenta había vuelto una noche y Marcelino, entre el miedo y el recuerdo de su
amigo del desván, la sintió mucho más que nunca y en poco estuvo que subiera, pese al
miedo y los relámpagos, para cubrir con una manta al Señor del desván, tan desnudo el
pobre y expuesto al frío viento y a la lluvia de aquella noche a través del mal cerrado
ventanuco. Pasó, al fin, el trance, y con el término de la novena llegó el gran día de San
Francisco, en el cual los frailes, después de cumplir sus obligaciones de cada día dentro y
fuera del convento, celebraban en grande la fecha del Patrón y hasta comían un poco de
carne dada de limosna, y abrían algunas botellas de vino rojo del país que tenían de regalo
para las grandes ocasiones. Este año, no menos de media vaca les fue traída en un carro
para la gran fiesta. Ni Marcelino ni «Mochito» hicieron grandes ascos a la carne, tierna y
magra como nunca vieron. Pero entonces a Marcelino, cuando recibió permiso para salir
al campo después de comer, le dolió la carne comida y disfrutada pensando en su amigo
de arriba. Ese sí que no tenía carne ni pan ni siquiera un poco de agua y Marcelino se
hacía cruces pensando en cómo podría vivir tanto tiempo sin más que el poco de pan que
le llevara lo menos hacía dos semanas. Pensando en esto, diose Marcelino una vuelta por
la cocina y vio que allí quedaba mucho más de la mitad de la carne que les habían traído.
Con lo cual pensó a seguido que al otro día habría también carne y algunos más, y se
consoló tanto que dedicó el resto del día a sus hazañas favoritas y ni siquiera «Mochito»,
ni la propia cabra, su nodriza, ni las pacíficas lagartijas de la tapia escaparon a sus
travesuras y maldades.



Con el fin de la novena y de la fiesta del pobrecillo Francisco, volvió la vida propia
de cada día al convento y regresaron las preocupaciones de los frailes ante el invierno.
Menudearon las salidas y entradas, y la despensa, por providencia de Dios, se fue
aumentando como todos los años por aquellas fechas. Antes de que la carne se acabara, se
acabaron las memorias de Marcelino, y pasaron no pocos días hasta que recordase otra
vez a su desgraciado amigo del desván. Fue precisamente el último día de carne cuando
Marcelino vio con repentino espanto que apenas si quedaban las raciones justas para los
de la casa y pensó con remordimiento en el pobre hambriento, tan pálido y tan flaco, que
estaba clavado en su cruz. Se propuso entonces subir aquel mismo día como fuese, y bien
provisto de su palo largo, acechó la ocasión de poder subir con las manos llenas en lugar
de vacías. Fray Papilla no se separaba ni un minuto de su cocina y Marcelino hubo de
vérselas con la dificultad una vez más, hasta que en un descuido del buen fraile sepultó en
su bolsillo un gran trozo de carne asada y, poco después, otro buen tarugo de pan, de aquel
duro que los frailes comían cuando lo podían tener. Ya provisto con sus dos buenas
piezas, Marcelino se hizo ánimo y, acostumbrado al éxito de sus empresas, subió esta vez
sin quitarse las sandalias, aunque con buen tiento en el caminar por no hacer ruidos
sospechosos. Llegado al desván y ya sin miedo, se dirigió derechamente al ventanillo y lo
abrió. Miró en seguida adonde el Hombre estaba y lo vio en su postura de costumbre, con
lo cual se llegó hasta su pie y le habló de esta manera:
-He subido porque hoy había carne.
Y pensaba para sí: «¡Mira que si Este supiera que había habido carne tantos días y no
sólo hoy!» Pero el Señor nada dijo ni Marcelino le dio importancia a su silencio, sino que
sacando la carne y el pan y poniéndolos sobre la mesa que por un milagro se tenía sobre
las patas, le dijo sin mirarle:
-Conque ya podías bajarte hoy de ahí y comerte esto aquí sentado.
Y dicho y hecho, acercó hasta la mesa un sillón frailero que allí estaba, más pesado
que cien mil diantres y algo cojitranco.
Entonces, el Señor movió un poco la cabeza y le miró con gran dulzura. Y, a poco,
se bajó de la cruz y se acercó a la mesa, sin dejar de mirar a Marcelino.
-¿No te da miedo? -preguntó el Señor.
Pero Marcelino estaba pensando en otra cosa y, a su vez, dijo al Señor:
-¡Tendrías frío la otra noche, la de la tormenta!
El Señor sonrió y preguntó de nuevo:
-¿Es que no te doy miedo ninguno?
-¡No! -repuso el chico, mirándole tranquilamente.
-¿Sabes, pues, quién Soy? -interrogó el Señor.
-¡Sí! -repuso Marcelino-. ¡Eres Dios!
El Señor sentóse entonces a la mesa y comenzó a comer la carne y el pan, después de
partirlo de aquella manera que sólo El sabe hacer. Marcelino, familiarmente, le puso
entonces su mano sobre el hombro desnudo.
-¿Tienes hambre? -preguntó.



-¡Mucha! -repuso el Señor.
Cuando Jesús terminó la carne y el pan, miró a Marcelino y le dijo:
-Eres un buen niño y Yo te doy las gracias.
Marcelino repuso vivamente:
-Igual hago con «Mochito y con otros.
Pero estaba pensando en otra cosa como antes y preguntó de nuevo:
-Oye, tienes mucha sangre por la cara y en las manos y en los pies. ¿No te duelen tus
heridas?
El Señor volvió a sonreír. Y preguntó suavemente, poniéndole El, a su vez, la mano
sobre la cabeza: -¿Tú sabes quiénes me hicieron estas heridas? Marcelino parpadeó y
repuso:
-Sí. Te las hicieron los hombres malos.
El Señor inclinó su cabeza y entonces Marcelino aprovechó la ocasión y, muy
suavemente, le quitó la corona de espinas y la dejó sobre la mesa. El Señor le dejaba
hacer, mirándole con un amor que Marcelino jamás había visto reflejado en mirada
alguna. Y, repentinamente, Marcelino habló, señalándole a las heridas:
-¿No te las podría curar yo? Hay un agua que pica que se da por encima y a mí se me
curan todas. Jesús movió la cabeza.
-Sí puedes; pero sólo siendo muy bueno.
-Eso ya lo soy -dijo Marcelino, con presteza.
Y, sin querer, pasaba sus dedos por las heridas del Señor y se manchaba un poco de
sangre.
-Oye -dijo el niño-: ¿y si yo te quitara los clavos de la cruz?
-No podría sostenerme en ella -dijo entonces el Señor.
Y entonces le preguntó a Marcelino si sabía bien su historia, y Marcelino le dijo que
sí, pero que quería oírsela a El mismo para saber si era verdad. Y Jesús le contó su
historia. Y le habló de cómo era un niño y trabajaba con su padre, que era carpintero. Y
cómo una vez se perdió y le hallaron hablando con los viejos de la ciudad. Y cómo creció
y lo que hizo y cómo predicó y cómo tuvo discípulos y amigos y luego le pegaron y le
escupieron y le crucificaron delante de su Madre. Y así fue llegando la tarde y con ella las
primeras sombras y a lo último Marcelino se despidió y dijo que volvería mañana sin
falta. Y Marcelino tenía señales de haber llorado y el mismo Jesús le pasó sus dedos por
los párpados para que no se lo notasen los frailes. Y entonces Marcelino le dijo que si le
gustaría que volviese mañana o si le daba igual, y Jesús, que estaba ya de pie para
volverse a su cruz, después de haberse comido el pan y la carne, le dijo así:
-Sí me gusta. Sí quiero que vengas mañana, Marcelino.
Y Marcelino salió del desván un poco aturdido, pensando cómo el Señor sabría que
él se llamaba Marcelino y no de otra manera, como el hermano Gil o fray Papilla o el
propio «Mochito». Y bajaba pensando también en cómo se le habrían quitado las manchas
de sangre ellas solas.



Durmió muy bien Marcelino y se despertó al otro día sin haber soñado nada, ni con
bichos, ni con tormentas, ni siquiera con la carne riquísima que había comido. Y recordó
en seguida la promesa hecha al Hombre del desván y anduvo toda la mañana dándole
vueltas en la cabeza a cómo podría subir tanto sin que le vieran y también a qué alimentos
podría llevar hoy para dar de comer a su amigo. Pero casualmente se le pusieron las cosas
mejor de lo que pensaba y en uno de sus viajes a la cocina, donde no siempre era bien
recibido por fray Papilla, quien de sobra sabía que nunca iba Marcelino por casualidad,
sino a llevarse algún anticipo de las viandas, halló la cocina abandonada y sin más se
metió un gran pedazo de pan en el bolsillo, y luego registró con la mirada todos los sitios
para ver qué más podría llevar. Mas como no viera nada sino la gran olla de las coles a la
lumbre, y acertara a encontrar por allí una botella de vino como hasta la mitad de llena,
sobra seguramente de las fiestas pasadas, agarró corriendo un vaso de latón y lo llenó
hasta los bordes y se dirigió sin más a las escaleras, con las cuales se había familiarizado y
subía ya sin tanto miedo. Recordó por el camino que afortunadamente había dejado en el
desván un palo para abrir el ventanillo y entró sin preocupación alguna. Todavía a
oscuras, dio los buenos días y el Señor, desde su cruz, le contestó:
-Buenos días, buen Marcelino.
Ya con la luz entrando por el estrecho ventano, Marcelino se aproximó a la mesa y
dejó lo primero el vino, del cual se le había caído un poco, y después el pan. El Señor, sin
decir nada, ya había descendido de su cruz y estaba en pie a su lado.
-Oye -le dijo Marcelino, chupándose unas gotas de vino de los dedos-, no sé si te
gustará el vino, pero los padres dicen que da calor. Y, por cierto -prosiguió sin dejar al
Señor que respondiera-, he pensado en que viene el invierno como el año pasado y que... -
y se detuvo, mirando al Señor con mucha atención.
-¿Y qué, Marcelino? -le animó Jesús.
-Pues que... -Marcelino dudaba-. Pues que te voy a subir una manta para que te
cubras un poco y no tengas tanto frío, pero no sé si eso es robar.
El Señor había tomado asiento y Marcelino estaba junto a El, viéndole cómo comía
el pan y cómo, de vez en vez, se llevaba el vaso de latón a los labios. Entonces el Señor le
dijo:
-Ayer te conté mi historia y tú aún no me has contado la tuya.
Marcelino abrió mucho los ojos y miró al Señor con sorpresa.
-Mi historia -dijo el niño- dura muy poco. No he tenido padres y los frailes me
recogieron cuando pequeñito y me criaron con la leche de la cabra vieja y con unos caldos
que me hacía fray Papilla y tengo cinco años y medio -luego se detuvo y prosiguió,
mientras el Señor le miraba-: No he tenido madre -y después, como interrumpiéndose en
su relato, preguntó al Señor-: ¿Tú tienes madre, verdad?
-Sí -repuso Aquél.
-¿Y dónde está? -preguntó Marcelino. -Con la tuya -dijo Jesús.
-¿Y cómo son las madres? -interrogó el niño-. Yo siempre he pensado en la mía y lo
que más me gustaría de todo sería verla aunque fuera un momento.



Entonces el Señor le explicó cómo eran las madres. Y le dijo cómo eran de dulces y
de bellas. Y cómo querían a sus hijos siempre y de que se quitaban las cosas de comer y
de beber y de abrigar para dárselas a ellos. Y a Marcelino, oyendo al Señor, se le llenaban
los ojos de lágrimas y pensaba en su madre desconocida, con un cabello mucho más fino
que la piel de «Mochito» y unos ojos mucho más grandes que los de la cabra y más dulces
aún, y pensaba en Manuel, que tenía su madre y decía «mamá», llorando cuando
Marcelino le tiró mucho de las narices con una pinza de colgar la ropa a secar y se le
salían un poquito los mocos.
Por fin llegó la hora de retirarse Marcelino, que fue cuando la campana tocó a comer,
y el Señor se volvió a su cruz. Tan cautivador había sido el relato de Jesús sobre las
madres que a Marcelino se le había olvidado quitarle esta vez la corona de espinas, pero
se prometió no olvidarlo a la próxima y hasta romperla de una vez para que no atormen-
tase más a Jesús.
Ocurría una cosa extraña en el corazón de Marcelino, y es que a las horas en que no
podía subir a ver a su amigo, aunque siempre pensara en él, se iba a la capilla y allí, en el
gran cuadro de San Francisco, buscaba el crucifijo no muy grande que el Santo traía entre
las manos y reconocía los rasgos del Hombre del desván y recordaba todas sus palabras.
Con lo cual sentía un gran consuelo y levantaba algunas sospechas entre los frailes, tan
poco acostumbrados a ver al chico en la capilla.
-¿Tú qué haces por aquí? -le dijo un día de mal talante fray Talán, el sacristán.
Muchos más días subió Marcelino y a veces le llevaba al Señor los más raros
alimentos, desde nueces a algunas uvas ya medio pasas y mendrugos negros de pan, y
hasta un trozo de pescado que tenía un poco de tierra porque se le había caído le subió una
vez sin que Jesús hiciera el menor remilgo, sino que se comía todo con gran contento de
Marcelino. Pero las más de las veces, el niño le subía pan y vino. Había descubierto que
aquellas dos cosas le eran más fáciles de coger, porque encontró el medio de abrir algunas
botellas encerradas en sus cajas, en la troje de junto al desván, y también que al Señor le
complacía muy particularmente aquel alimento. Hasta que un día Jesús, sonriendo mucho,
le dijo a Marcelino:
-Tú te llamarás desde hoy Marcelino Pan y Vino.
A Marcelino le gustó el nombre y entonces el Señor le explicó cómo El mismo, para
quedarse vivo entre los hombres que le habían crucificado, había hecho la promesa de
estar para siempre entre ellos en forma de pan y de vino en el altar, que era lo que comía,
como si fueran la carne y la sangre de Jesús, y claro que así lo eran, el sacerdote durante la
misa. Y Marcelino estaba orgulloso de no llamarse Marcelino a secas, sino Marcelino Pan
y Vino, y un día hasta lo dijo a la hora de comer, entre el silencio de los frailes en el
refectorio, gritando mucho para que se enterasen todos:
-¡Yo me llamo Marcelino Pan y Vino!
Y algunos frailes le miraron sonrientes y otros enfadados, porque allí no se podía
hablar mientras se comía, con el padre Superior y todo delante. Y entonces el padre Supe-
rior, que parecía estar distraído, fijó la mirada en él, y Marcelino se puso a temblar porque



aquella mirada le penetraba muy adentro y parecía escarbarle todas sus ideas y recuerdos
más secretos.
Marcelino proseguía sin trabas su amistad con Jesús y le seguía llevando alimentos y
le había conseguido llevar también la manta prometida sin importarle ya si era robar o
nos, y se ocupaba mucho menos de los bichos y ahora era el viejo «Mochito» quien le
buscaba a él, y tenía abandonada la cacería de animalejos, y sus botes con agua y sus cajas
con agujeros estaban arrinconados, y aparecía como ensimismado y algo triste, y entraba
en la capilla y los frailes, en una palabra, viéndole tan diferente de como siempre había
sido, comenzaron a caer en sospechas y le observaban con mucha más atención sin que él
se diese cuenta. Y Marcelino tenía la cabeza llena de ideas misteriosísimas y Manuel se le
había olvidado, y hacía siete días que no veía a la cabra, su nodriza, ni gastaba bromas a
fray Papilla, ni subía a ver a fray Malo en su celda. Y el padre Superior estaba preocupado
con el chico, y recomendaba su vigilancia a todos los frailes, y entonces fue cuando
empezó a ocurrir algo en la cocina.











5
Ocurría que el padre Superior andaba preocupado con Marcelino. Y que fray Malo se
quejaba de que ya Marcelino no subía nunca a verle. Y que la cabra estaba desasosegada y
que, de repente, «Mochito» se murió y Marcelino lo enterró por orden de los padres, sin
verter una sola lágrima, en un rincón de la huerta; y que fray Puerta y fray Bautizo fueron
llamados por sus verdaderos nombres de pronto. Y que fray Talán era ayudado, por
primera vez en la historia de Marcelino, a los cuidados de la capilla y que el hermano
cocinero, el bendito fray Papilla, andaba como aturdido y atontado y mal de la memoria,
puesto que a diario le faltaba una ración de las doce y con Marcelino trece que se hacían
para cada comida. Y los otros frailes encontraban a Marcelino muy cambiado y todo el
conventillo parecía ir al revés desde algún tiempo a esta parte.
Por fin, un día, el padre Superior reunió a la Comunidad, excepto el hermano Gil,
que había recibido el encargo de llevar al pueblo a Marcelino con pretexto de adquirir para
él unos libros escolares, ya que el invierno andaba tan cercano, y expuso allí todas sus
dudas y dio y pidió consejo respecto al evidente cambio de Marcelino.
-Yo le encuentro más serio y como convertido en un hombrecito -dijo fray Bautizo.
-Yo le encuentro más bueno y menos travieso -dijo fray Puerta.
-Yo le encuentro más devoto -dijo fray Talán. El último habló el padre Superior.
-Nuestro Marcelino ya no es como era -dijo.
-Sus cajas y sus botes están siempre vacíos -dijo otro padre.
-El otro día le vi rezando frente a la tapia donde cazaba lagartijas -dijo un hermano
que se llamaba el hermano Pío y esto daba mucha risa a Marcelino.
-¿Rezando? -preguntó entonces, muy interesado, el padre Superior.
-Vaya -repuso algo confundido el hermano Pío-, hablaba de Jesús y hacía como si
hablase con El -se recogió el largo cordón el hermano Pío y prosiguió-: Quizá hice mal,
pero me escondí tras un árbol y le oí decir: «Mira, no quiero que lleves más esa corona y
te la voy a romper ahora mismo.»
Hubo un gran silencio entre los padres y entonces el Superior, repentinamente, se
encaró con fray Papilla, que había estado muy callado:
-Escuche, hermano -le dijo-, ¿no sospecha usted que esa ración que le falta a diario
le pueda ser sustraída por Marcelino sin que usted se dé cuenta?
El hermano, sin hablar, asintió. Y el padre continuó diciendo:
-Vamos a vigilarle más aún entre todos. Usted, hermano, vigile su cocina y no se
deje engañar por un niño tan pequeño.



Y así trazó el padre varias vigilancias a cuál más estrecha, pues todos ellos andaban
como entristecidos y pensando si el niño, por estar tan aislado de los de su edad y
condición, no habría contraído alguna rara enfermedad a la cual hubiera que poner pronto
remedio con la dolorosa separación.
Probablemente, después del padre Superior, que era un santo, y de fray Malo, ya tan
viejecito y siempre muriéndose sin acabar de descansar, el más bueno de todos era fray
Papilla y también el tercero en querer a Marcelino. Pero desde aquel día en que el padre
reuniera a la Comunidad se propuso vigilarle y no había vez en que el niño entrara en sus
dominios sin que el hermano, de una u otra manera, no estuviera presente. Aquello de la
ración que faltaba a diario traía a mal traer a fray Papilla; él estaba bien seguro de preparar
el pan para trece, la carne o el pescado para trece, la sopa o el hervido para trece, la fruta,
si la había y era tiempo, para trece. Siempre trece: doce frailes y Marcelino: -Doce frailes
y Marcelino -se repetía el buen fray Papilla.
Y un día su vigilancia dio resultado. Había andado por allí Marcelino en ocasión de
que el fraile hubiera contado una vez más las raciones preparadas y hubiesen salido, como
era lo justo, en número de trece. Nada más marcharse el niño, las raciones eran doce.
Luego había sido Marcelino. Faltaban un pan y un pescado. Fray Papilla buscó a Marceli-
no por todas partes sin hallarlo. No pudo encontrar ni rastro y, a la hora de comer, el chico
se sentó a la mesa con el apetito de costumbre, luego parecía raro que se hubiera comido
un gran trozo de pan y un pescado de buen tamaño. Fray Papilla se dispuso a vigilar mejor
aún y al día siguiente le ocurrió lo mismo, es decir, le faltó una ración de pan, puesto que
el único plato que había era una especie de potaje con garbanzos, arroz y verduras y aún
estaba en la olla. También esta vez la falta de la ración coincidió con la salida de
Marcelino de la cocina. Por primera vez, fray Papilla se decidió a comunicar al padre
Superior su descubrimiento.
-Ahora es preciso saber qué hace con esos alimentos -le dijo el padre-. Cuando usted
consiga descubrir al niño con la ración, sígale sin que él se dé cuenta.
Así obedeció fray Papilla y así pudo una tarde observar con sorpresa que el chico,
una vez el bolsillo bien lleno, se dirigía a las escaleras de la troje y el desván, a pesar de la
prohibición que siempre se le había hecho. Siguióle el buen fraile asombrado y quedóse al
otro lado de la puerta, viendo por sus rendijas cómo el desván se iluminaba al abrir el
chico, como de costumbre, las maderas del ventanillo. Pero no pudo ver más, porque le
dio entonces como un mareo y a Poco si pierde el sentido y viene a dar con su gran cuerpo
en el suelo. Con lo que fray Papilla, que ya era viejo, bajó a tientas las escaleras y entróse
en su cocina. No se sabe cómo penetró en la idea del buen fraile la sospecha de si se
trataría de alguna tentación, pero el caso es que al día siguiente estuvo en la capilla mucho
más tiempo del acostumbrado en oración, rogando al Señor que se apiadara de él y no
permitiera que un buen fraile ya tan viejo fuese tan tonto como para no saber vigilar a un
pequeño niñito.
La visita de Marcelino a la cocina no se hizo esperar. Había aquel día potaje también
y Marcelino sólo pudo hurtar un buen pedazo de pan. Comenzó el fraile su persecución,



pero esta vez estuvo a punto de ser descubierto, pues el niño se dirigió derechamente a la
troje y allí fray Papilla le vio inclinado sobre una de las cajas de botellas de vino que los
frailes guardaban para las grandes ocasiones. Con lo cual, y como el chico, una vez lleno
el vaso, hubiese de volver sobre las escaleras, el fraile se vio obligado a bajar para no ser
visto y perdió también la ocasión. Pero dicen que a la tercera va la vencida y así fue en
esta historia, pues no más lejos que al día siguiente, y teniendo los padres para su cena,
además del pan y un caldo caliente, como una treintena de manzanas asadas, observó fray
Papilla la consabida falta del pan y de dos manzanas y púsose acto continuo en
seguimiento del ladronzuelo, llegando tras él hasta la puerta del desván y quedándose allí
a observar sin poder ser descubierto. De lo que vio fray Papilla al través de las rendijas, y
del desmayo que le entró una vez visto, poco podemos saber. Sólo que el buen fraile
recordaba entonces, horas más tarde, que una vez el niño le había preguntado de repente
días atrás:

-¿Tú hablas también con Dios?

Muy asombrado se había quedado entonces el hermano, pero acertó a contestar que
sí y que ello ocurría cuando rezaba, que era la única manera de hablar con Dios que los
hombres tenían, en no siendo santos.

Bajó el fraile con muchas señales de agitación y se encerró en seguida en la capilla,
pero no dijo aún nada de lo que había visto y estuvo en vela toda la noche y a buen seguro
que las disciplinas anduvieron en juego mientras los demás dormían: tanto miedo tenía el
cocinero de haber caído en alguna tentación y brujería del Demonio.
Persistió en sus investigaciones, no obstante, con redoblado fervor, y acabó por estar
al tanto de lo que en el desván ocurría a diario entre el niño y la imagen de Jesucristo
Crucificado que allí tenían los frailes por su gran tamaño, que no permitía instalarla
debidamente en la capilla hasta que ésta pudiera ser reformada como el padre Superior y
todos deseaban. Y también a la tercera vez, por aquello de no ir viendo visiones, fray
Papilla se armó de valor y recurrió a fray Puerta, después de haberse confesado de
alucinaciones con uno de los padres, y le dijo lo que a diario veía y oía a través de las
maderas de la puerta del desván. Con lo cual fray Puerta, que era tan bueno y tan viejo
como él, se ofreció a acompañarlo para quitarle de tales y tan raras visiones.

En efecto, al día siguiente, y precisamente durante una gran tormenta de las que
antes obligaban a Marcelino a buscar refugio en los frailes, estaban juntos los dos tras la
puerta del desván y, mientras fray Papilla se ponía muy devotamente en oración, el
hermano portero atendía a lo que ocurría allí dentro. Tampoco el fraile segundo dio
crédito a sus ojos, y cuando al fin bajaron habló a fray Papilla de algún sortilegio contra el
que habría que prevenir al padre Superior y recordó a aquel niño que había visto a San
Francisco de Asís hablar con Dios sin que San Francisco se diera cuenta y luego acabó



siendo fraile y de los mejores. Fray Papilla le rogó al hermano que esperase un día más
aún y que subiera con él otra vez antes de informar ambos al padre Superior. Así lo
prometió el otro, y la noche llegó, y con ella se calmó la gran tormenta, siendo entonces
dos los frailes que pasaron la noche en vela, rezando y pidiendo luz a Dios para entender
en tan misterioso asunto.











6
Marcelino andaba aquellos días como dormido en su propia felicidad. Dijérase que
no recordaba nada y que viviera embebido en sus pensamientos. Ni los bichos, ni sus
viejos amigos los frailes, ni siquiera la cabra que fuera su nodriza y que en estos días
agonizaba de puro vieja en el corral, ni las tormentas que menudeaban ahora sobre el
convento, ni nada, le distraía de su amistad con el Hombre del desván, de sus
conversaciones y de su nueva afición a visitar la capilla y quedarse allí realmente dormido
mientras contemplaba el crucifijo del cuadro de pintura de San Francisco, hasta el punto
de que alguna tarde tuvo que ser transportado a la cama desde allí mismo. El niño entraba
ya en la cocina sin detenerse a pensar en engañar a fray Papilla y delante de sus mismas
narices recogía la ración acostumbrada y subía sus escaleras sin importarle para nada el
ruido, ni tampoco que le pudieran seguir hasta allá arriba.
Aquella tarde, su ofrenda había consistido en lo más corriente y lo que había dado
origen al nombre puesto por Jesús: pan y vino solamente. Jesús descendió como de
costumbre de su cruz y comió y bebió su pan y su vino como siempre y sólo al final, ante
Marcelino embebido en su figura, de la cual no quitaba ojo, pero sin atreverse ya a tocarle
del respeto y amor que le paralizaban, llamó hacia Sí al niño y, tomándole con las manos
por los delgados hombros, le dijo:
-Bien, Marcelino. Has sido un buen muchacho y Yo estoy deseando darte como
premio lo que tú más quieras.
Marcelino le miraba y no sabía cómo responderle. Pero el Señor, que veía dentro de
él lo mismo que ve dentro de nosotros, insistía dulcemente, haciéndole presión con sus
largos dedos:
-Dime: ¿quieres ser fraile como los que te han cuidado? ¿Quieres que vuelva junto a
ti «Mochito», o que no se muera nunca tu cabra? ¿Quieres juguetes como los que tienen
los niños de la ciudad y del pueblo? ¿Quieres, mejor, el caballo de San Francisco?
¿Quieres que venga contigo Manuel?
A todo decía que no Marcelino, con los ojos cada vez más abiertos y sin ver ya al
Señor de lo mucho que lo veía y de lo cerca que lo tenía de sí.
-¿Qué quieres entonces? -le preguntaba el Señor.
Y entonces Marcelino, como si estuviera ausente, pero fijando sus ojos en los del
Señor, dijo:
-Sólo quiero ver a mi madre y también a la Tuya después.



El Señor lo atrajo entonces hacia Sí y lo sentó sobre sus rodillas, desnudas y duras.
Después, le puso una mano sobre los ojos y le dijo suavemente:
-Duerme, pues, Marcelino.
En aquel mismo instante, once voces clamaron «¡Milagro!» detrás de la puerta del
desván, sobre la escalera, y la puerta se abrió de golpe y todos los frailes menos fray Malo
irrumpieron en la pequeña estancia en la que apenas si cabían tantos. «¡Milagro,
milagro!», gritaban los frailes y el padre Superior. Pero todo estaba en calma ya y bajo la
luz del ventanillo abierto, aparecían los estantes cubiertos de libros y legajos empolvados,
como siempre; los muebles y maderas hacinadas y el Señor en su Cruz, inmóvil, macilen-
to y agonizante como de costumbre. Sólo Marcelino reposaba entre los brazos del sillón
frailero, dormido al parecer. Cayeron los frailes de rodillas y allí estuvieron tanto tiempo
como fuera posible hasta dar en la cuenta de que Marcelino no despertaba. Acercóse
entonces el padre Superior a él y, tocándole con sus manos, hizo seña a los frailes de que
fueran bajando y dijo nada más:
-El Señor se lo ha llevado consigo, bendito sea el Señor.
Bajaron los frailes a su capilla y allí pasaron la noche, entre lágrimas de alegría, con
el cuerpo de Marcelino extendido sobre las gradas del altar. Frente al altar mayor, los
frailes habían puesto inclinado al gran Crucifijo del desván, que de otra manera no cabía.
Marcelino estaba dormido en el Señor y, seguramente, viendo ya la cara de su madre
desconocida.
Antes del alba, partieron a buen paso hacia los pueblos del contorno los frailes más
jóvenes, para dar cuenta de lo sucedido al vecindario y a la tarde comenzaron a llegar los
primeros carros, con todos los que querían ser testigos de la prueba del milagro. En su
pequeña caja de madera clara, Marcelino, sonriente y sonrosado, dormía. Llegaron y
llegaron carros y caminantes a pie como en romería durante toda la noche; por todos los
pueblos había cundido el rumor del milagro y se conocía ya la dichosa muerte del niño de
los frailes. Aquella misma noche había muerto también la cabra de Marcelino y fray Malo
había sentido tan repentina mejoría sobre sí, que se había hecho conducir a la capilla para
adorar al crucifijo y despedirse de su amigo Marcelino.
-¡Yo viviendo -decía el buen fraile, llorando- y él aquí!
A media mañana se organizó el entierro en forma de procesión. El niño había de ser
enterrado en el cementerio del pueblo más próximo, que era donde estaba empadronado, a
pesar de que los frailes hubieran preferido dejarlo allí con ellos en el pequeño camposanto
de la huerta; pero fue imposible por la ley que imperaba y las propias reglas de la Orden, y
a primera hora de la tarde se puso por fin en camino la gran comitiva, en la cual iban, con
los frailes en procesión, las autoridades de los pueblos y gran parte de sus vecinos, entre
los cuales no faltaba la familia de Manuel con Manuel mismo, quien apenas si recordaba
de aquel niño que sólo una tarde conociera. Del pueblo más rico había enviado su
Ayuntamiento la banda de música, que tocaba una marcha fúnebre muy lenta y tristona y
como a pedazos, de separados que los músicos iban. Por cierto que si Marcelino hubiera
vivido y hubiese asistido a un entierro semejante al suyo, habría reparado en que el



músico que tocaba el bombo de aquella banda era muy delgadito y parecía ir a perder el
equilibrio por el gran peso de su tambor, mientras que el que tocaba el clarinete era un
gordo enorme, que parecía fumar en aquella especie de estrecha boquilla que era en sus
manos la delgada trompeta.
Los frailes entonaban sus cánticos y la banda su marcha fúnebre. Las gentes rezaban
en viva voz y sólo los niños reían y saltaban por el camino, sin darse cuenta de nada.
Hacía una tarde espléndida, de aquellas tardes que le gustaban a Marcelino Pan y Vino
antes de tener su gran Amigo del desván, y los carros y las caballerías seguían a la larga
comitiva de a pie cuando, de improviso, unas caprichosas cabras que por allí pastaban en
rebaño, atraídas seguramente por la música y los cantos, pusiéronse a seguir el entierro y
llegaron con él hasta las puertas del cementerio. Si hubiera podido, también la cabra
nodriza de Marcelino habría estado allí, triscando unas pocas hierbas mientras el cuerpo
del niño descendía sobre la tierra. El cuerpo, digo. Porque el alma había subido ya hacia
su madre, hacia el cielo que tanto decían los frailes, hacia el Señor a quien Marcelino
tantas veces había dado de comer y de beber en el desván.


FIN

   

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